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El último Vilas, 30 años después: «Para él todo era ganar y ganar» | Ariel Ruiz fue entrenador del Poeta durante su regreso final al profesionalismo



«Esta quizá haya sido mi última vez. Pudo haber sido mi último partido porque no puedo poner más excusas. Es mi última vez en el Abierto de Francia y, si me preguntan ahora, diría que no jugaré más partidos», deslizaría Guillermo Vilasel 30 de mayo de 1989, después de perder 6-1, 6-3 y 6-4 ante el italiano Claudio Pistolesi, quince años menor, en la desaparecida cancha 1 de Roland Garros.

El más grande tenista argentino protagonizaba, de ese modo, su último tango en París, ya con 36 años y sin ánimos de solicitar más wild cards (era 186º). Aquella derrota es recordada por muchos como su último partido, dado que el Poeta jamás anunciaría su retiro de manera oficial, pero existe una historia poco conocida: el regreso del último Vilas.

Ariel Ruiz nació en 1965 y empezó a jugar al tenis cuando tenía seis años, en Ferro. Dejó a los 18, por falta de recursos, y se dedicó a ser entrenador en el Verdolaga. Después de un tiempo puso una academia en Palermo junto con Modesto Vázquez. Un día cualquiera de enero de 1990 se sorprendió cuando Tito le dijo quién iría a hacer la pretemporada con ellos: el mismísimo Guillermo Vilas.

“Llegó el primer día y Tito lo mandó a mi cancha. Cuando descansábamos me preguntaba por mis gustos, me estudiaba, me hacía la radiografía. Al día siguiente le pidió a Tito entrenarse conmigo: le gustó cómo tiraba canastos. Me preguntó si me gustaba el rock y me invitó a ver una banda de Estados Unidos. Me había invitado Vilas a salir. Ese día me presentó a Pappo. Teníamos muchas cosas en común: el cine, la música, la lectura. Salíamos todos los días, a cenar, a ver a los Redondos, a Sumo con Pettinato, a Virus”, relató el propio Ruiz, actual director del Club Deportivo Potosino de San Luis Potosí, en diálogo con Página/12.

La pretemporada duró tres meses. Vilas salió de viaje pero, un tiempo después, sonó el teléfono de Ruiz. Preguntó quién era: «Vilas, boludo», se escuchó del otro lado. Lo llamó directo para que lo entrenara. Y así fue todo 1990, cada vez que volvía a Buenos Aires y durante algunos viajes. «Si me hacés jugar bien vas a tener trabajo toda tu vida», le dijo antes de iniciar la aventura. Ya en 1991 fue el regreso final del campeón de cuatro Grand Slams al profesionalismo. En total jugó 22 Challengers y dos torneos de ATP, Atlanta y Bordeaux, entre 1991 y 1992. El balance, anecdótico: cuatro victorias y 24 caídas. La historia, sin embargo, engloba uno de los capítulos desconocidos de la leyenda.

Ruiz y Vilas, en un entrenamiento en Roma, en 1990.

Treinta años atrás, en 1992, tuvieron lugar los últimos viajes de Vilas como tenista. Ruiz, por aquel entonces, era su ladero: vivieron juntos un año y medio en Buenos Aires y, en paralelo, hacían base en ciudades como Nueva York y París. “Yo era fanático de Metallica y vi que iban a tocar en el estadio de los Gigantes de Nueva Jersey, con Faith No More y Guns N’ Roses. A Vilas le encantaba. Levantó el teléfono, habló con alguien y me dijo: ‘Listo, tenemos credenciales’”, rememoró el coach, que preguntó con quién había hablado: la respuesta fue Lars Ulrich, baterista y cofundador de la banda, a quien Vilas conocía de muy pequeño por haber jugado con el mítico Torben Ulrich, su padre, el primer tenista que usaba vincha.

“Fuimos al recital, estuvimos en el camarín con ellos. Yo tenía una gorra de Stevie Ray Vaughan, que se había matado en un accidente de helicóptero después de tocar con Clapton, y en un solo de bajo Jason (NdR: Newsted, bajista anterior de Metallica) me hizo un gesto por la gorra. Guillermo después me rompió las bolas para que se la regalara”, contó el coach. Poco después, cuando estaban a punto de jugar el Challenger de Ouro Preto, en Brasil, Vilas se enteró del fallecimiento de su padre Roque Vilas, a los 73 años, el 3 de agosto de 1992: “Llegamos y lo llamaron para avisarle lo del Cholo. Contrató un vuelo privado, nos volvimos a Mar del Plata y al otro día llevamos el cuerpo a Buenos Aires, donde lo velaron. Nos quedamos donde vivíamos con Guillermo, un petit hotel francés, frente a Plaza Francia. Al velorio vino el riojano, que era presidente”.

Luego de aquel episodio jugaron algunos torneos en Brasil y viajaron a París, periplo para el que Vilas le envió una carta, firmada de su puño y letra, al cónsul de la embajada de Francia para solicitar la visa de Ruiz: «Me la dieron en el momento, imagínate el poder que tenía el tipo. Nos quedamos en París, nuestra base para salir a jugar. Pasábamos muchos meses en París, incluso sin jugar, porque Guillermo tenía dos departamentos y un club con canchas duras indoor que se llamaba Vitis, que era suyo, de Becker y de Tiriac. En arcilla nos entrenábamos en Roland Garros, en una cancha de polvo indoor que no sé si todavía está».

Carta de Vilas al cónsul francés: septiembre de 1992.

Aquella última gira incluyó el ATP de Bordeaux y los Challengers de Bucarest y Brest. El tercero, con la penúltima derrota de su vida, 6-1 y 6-0 ante el francés Stephane Sansoni: “En Brest estaba la cancha más rápida que vi en mi vida. No podía jugar,
no la veía, era de jabón.
Encima hacía un frío bárbaro, era al norte de
Francia. Me quería matar. ¡6-0! Yo pensaba: ‘¿Ahora quién lo aguanta a este
tipo?’. El otro le jugaba a dos tiros y Guillermo necesitaba meter quince
pelotas”.

El último torneo de Vilas fue en Pembroke Pines, en Florida, en noviembre de 1992, con una caída en tres sets ante el sudafricano Grant Stafford. Después decidió no jugar más pero nunca lo dijo. «Fuimos
a un par de exhibiciones, me volví a Buenos Aires y un día me llamó:
‘Ariel, voy a abrir un club y quiero que trabajes conmigo’. Ahí
empecé mientras construían el Vilas Racket y trabajé doce años con él. El Vilas era mi casa y para él también», cerró Ruiz.

La credencial de jugador de Vilas en el Challenger de Bucarest 1992.

La obsesión de un campeón

Vilas, se sabe, fue un meticuloso durante toda su brillante carrera, etapa en la que ganó cuatro Grand Slams -Roland Garros y el US Open en 1977; y el Abierto de Australia en 1978 y 1979-, el Campeonato de Maestros de 1974 y un total de 62 títulos en singles. ¿Por qué en los ’90, con casi 38 años, no pudo recobrar su mejor versión?

Ariel Ruiz tiene su visión: “Le
costó volver por su estilo físico, su forma de juego. El tenis había
cambiado. Vilas era
ancho, pesado, y ya el tenis era mucho más rápido.
La velocidad era otra y él jugaba con mucho topspin, cuando ya se
empezaba a jugar con puntos más cortos. Para mí fue viajar con una leyenda del
tenis. Había un respeto de los rivales que era muy llamativo. Lo
que más me llamó la atención fue la presión. Yo nunca había entrenado a nadie: mi debut fue con un
ex número uno del mundo.
No sabés la presión que mete Vilas: para él no existía
el tenis para divertirse; todo era ganar, ganar y ganar. Por eso fue lo que fue”.

Alcanza una pequeña historia para graficarlo: estaban a punto de jugar una exhibición con Björn Borg, en Europa, y hacían canastos. «Le tiré una bola que picó dos metros antes de la línea, me la paró con la mano y me dijo: ‘Me cagaste el torneo de la semana próxima. Porque Borg me va a jugar más cerca de la línea, entonces me cagaste el torneo’. Era un loco: paraba una pelota para discutir una situación del juego. Cuando peloteábamos el tipo no erraba una bola en una hora y le gustaba, cuando erraba yo, que le tirara la otra pelota enseguida para no perder el ritmo. Una vez erré y me quedó el canasto del lado del revés; le saqué rápido de revés, me paró la bola y me dijo: ‘A Vilas nadie le saca de revés’”.

El recuerdo de aquella etapa con el último Vilas, en definitiva, le dejó enseñanzas: “Aprendí mucho con Vilas: el esfuerzo, el orden, el sacrificio que trato de inculcarles a mis jugadores. La dedicación. Me quedo con todo lo bueno: siempre lo extraño. La pasamos muy bien. También me abrió puertas culturales, un mundo nuevo: Vilas era un tipo muy culto y muy inteligente”.

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