viernes, julio 1HOLA LA PAMPA

La mañana de furia de Cristina Kirchner, la reacción de Alberto Fernández y un Gabinete en shock



Cuando a su celular llegó la captura de pantalla con la réplica en off the record del Ministerio de Producción a sus críticas por la construcción del gasoducto Néstor Kirchner, Cristina no pudo evitar lanzar insultos al aire. La captura había comenzado a circular, pasada la medianoche, entre algunos dirigentes de La Cámpora. Era el texto que habían enviado desde el ministerio a un grupo de periodistas. La maniobra fue tan desprolija, tan contraria a los acuerdos de confidencialidad entre un periodista y una fuente, que uno de ellos se lo filtró al entorno de la vicepresidenta. Ayer por la mañana, parte de ese contenido estaba publicado en dos portales. La furia cristinista se volvió incontrolable. Algo había que hacer y se hizo.

Fue Cristina la que dio el visto bueno para que Energía Argentina difundiera un comunicado, con la captura de WhatsApp incluida, para apuntar contra Matías Kulfas. El ministro siempre fue señalado por el cristinismo como “uno de los funcionarios que no funcionan”. Ahora pasaba a ser, además, responsable de impulsar operaciones en contra de la jefa del Frente de Todos.

A nadie pareció importarle que tan solo unos días atrás, Sergio Berni -solo por citar el último episodio de una serie interminable de desgastes contra la figura presidencial- haya dicho que “el que trajo al borracho que se lo lleve”, en alusión a Fernández. A Axel Kicillof nunca se le pasó por la cabeza ni siquiera convocarlo a una reunión para llamarle la atención. Cristina, en cambio, aprovechó el trascendido del texto -que en verdad se sustentaba en declaraciones radiales del propio Kulfas- para replicar en sus redes sociales el mensaje contra el ministro y terminar la melodía que venía componiendo desde hacía más de un año: sus enemigos internos, más temprano o más tarde, deben irse. El Gabinete nacional entró en estado de shock.

“Todavía no nos habíamos repuesto del ataque de la lapicera y nos llovió esto”, contó uno de los ministros. Martín Guzmán tuvo que desmentirle a varios periodistas su salida. Ese rumor lo instalan a menudo fuentes camporistas. Pero La Cámpora no se toca ni aunque sus dirigentes desobedezcan al Presidente: si Alberto pide que los funcionarios de primera línea no viajen al exterior, por ejemplo, y Luana Volnovich lo hace, puede continuar como si nada al frente del PAMI. Las cabezas que ruedan en el Gobierno, salvo alguna excepción, son las que quiere Cristina.

Alberto Fernández también había visto el texto de la polémica. Quizá no llegó a dimensionar lo que eso iba a provocar. Se terminó enterando del accionar de Cristina, como todos, por Twitter. Había terminado una reunión en la Residencia de Olivos con Martín Guzmán, Gustavo Beliz, Santiago Cafiero, Cecilia Todesca y Agustín Rossi. Los cinco habían asistido para hablar de la posición argentina en la Cumbre de las Américas. Apenas se despidieron, acaso en busca de un fin de semana en paz, irrumpió el escándalo.

“Lo voy a echar a Matías. No cumplió con lo que les vengo pidiendo, que no hagan operaciones en los medios”, adelantó el primer mandatario en conversaciones telefónicas con varios de sus funcionarios. “Kulfas se volvió loco. Me parece bien que lo haya echado”, diría dos horas más tarde uno de esos interlocutores. No todos se mostraron tan alineados.

El Gabinete se queda sin un integrante del eslabón albertista. Uno más. Se fueron varios que parecían intocables. Anoche, uno de los integrantes que se animó a defender a Kulfas -en off, con perdón de la expresión-, aseguró: “Alberto tiene varias metas, pero la número uno es que no se quiebre el Frente y poder llegar hasta el 10 de diciembre del año que viene”.

La versión del entorno de Kulfas contradice el relato oficial. Uno de sus mejores amigos, que ayer fue a visitarlo a su casa, contó que no lo echaron, sino que fue él quien ofreció dar un paso al costado. La charla se dio en un contexto de trabajo. Ambos estaban hablando del viaje del ministro a Los Angeles y Toronto, en la previa de la cumbre de presidentes. Kulfas le dijo que tenía agendada cerca de cuarenta reuniones. Pero la conversación viró de pronto, cuando uno de los colaboradores del economista le envió el tuit de la vicepresidenta y las primeras repercusiones.

“Con todo este ruido que se armó y con tantas tensiones que hay en el Gobierno, tenés mi renuncia a disposición”, le escribió. Por primera vez desde que asumió el cargo, Alberto mantuvo un diálogo con uno de sus ministros antes de pedirle a Gabriela Cerruti que difundiera la noticia. Hasta ahora, la ingrata tarea de decirle adiós a los funcionarios había recaído en Cafiero, cuando el actual canciller era jefe de Gabinete. Así fue, incluso, con funcionarios que Fernández consideraba amigos, como Ginés González García y Felipe Solá. Kulfas no era un funcionario más: fue uno de los que acompañó a Alberto en la campaña y que llegó a sonar, incluso, como ministro de Economía. En el camino hacia 2019 tuvo despacho en las oficinas de San Telmo que el albertismo usaba como búnker.

Fernández vuelve a apostar a un acercamiento con Cristina. Aunque ella lo maltrate en público, como el viernes en el acto de Tecnópolis. Y aunque su propia tropa haya vuelto a creer, como creyó en los últimos meses, que él iba a tomar distancia de ella.

—¿Te sentiste cómodo, Alberto? —le preguntaron algunos de esos hombres, apenas terminó el acto, cuando todavía Tecnópolis estaba invadido de funcionarios y dirigentes.

—Súper. Estuvo todo bien —dijo Alberto, y salió en busca del helicóptero para regresar a Olivos.

Atrás había quedado la celebración y el primer encuentro de la pareja presidencial después de tres meses sin hablarse. Los organizadores les habían montado un VIP a 50 metros del escenario, con banquetas y sillones blancos, equipado para diez personas, tal vez con la lejana ilusión de que pudieran charlar un rato a solas en algún momento. No pudo ser.

Hace tiempo que los ministros más políticos del Gabinete conversan con referentes de La Cámpora para generar un mínimo pacto de convivencia que les permita coordinar hechos de gestión, posiciones públicas ante determinados temas y para poder llegar juntos a las primarias de 2023. En esas charlas incluso ha participado Máximo Kirchner, el más hostil con Alberto. No ha habido avances, ni siquiera cuando Máximo dejó trascender -como si fuera una concesión mayúscula- que Guzmán se tiene que ir, pero que Alberto podría designar su reemplazante sin consultar el nombre con su madre.

Los camporistas estuvieron a cargo de la organización del encuentro. Cuando llegó el primer mandatario, Cristina estaba con sus principales colaboradores. Era para ella un gran acontecimiento. Preparó su discurso con delectación. Ni una pizca de improvisación. Dicen que hasta empujó a Alberto a asistir, a través de un asesor, para que se pudiera quebrar el inaudito impasse del no diálogo y se viera una muestra de institucionalidad. Pudo privarse, pero Cristina no lo evitó: pegado a ella estaba el senador Oscar Parrilli, epicentro de algunos comentarios maliciosos.

Parrilli fue miembro informante de la privatización de YPF en 1992. El 23 de septiembre de ese año, en el Congreso presentó la medida como “una bocanada de aire puro” que fortalecería a Menem. Le ahorró palabras a Alvaro Alsogaray, quien en su alocución como diputado lo tomó como referencia. Ahora Parrilli estaba junto al presidente Pablo González, que en su discurso iba a reivindicar “la segunda fundación de YPF”, en 2012.

Cuando se dio la orden de pasar al salón, la mayoría se fue y se quedaron Alberto, Cristina y González. Transcurrieron apenas unos minutos que generaron conjeturas en los 500 dirigentes que los esperaban. Varios de ellos, como se vería también en la transmisión de los discursos, se tapaban la boca para hacer algún comentario, como hacen los futbolistas cuando charlan con el árbitro para que no les puedan leer los labios.

Doce horas después, en la fría mañana de Buenos Aires y con Alberto intercambiando chats muy temprano desde la residencia de Olivos, varios de los colaboradores de Fernández analizaban todavía el impacto de la presentación. No había consenso. Los que estaban al tanto de las sensaciones de Fernández se preguntaban si su respuesta a cómo se había sentido había sido un acto de negación o si respondía a una simple deducción: la cosa pudo ser peor, incluso mucho peor. Otros eran menos complacientes: Cristina quiere humillar de modo permanente a su aliado, sostenían.

“Yo te dije la otra vez, Alberto, que vos tenías la lapicera. Lo que te pido es que la uses”, le dijo Cristina.

Alberto, sin más, se subordinó a la demanda. 



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