sábado, febrero 4

El nuevo tirón | Página12



Esta vez vamos a la laguna de San Miguel del Monte. Pedimos recomendaciones porque ya no tenemos maestro que nos enseñe, hay que lanzarse solos, aplicar lo aprendido. Salimos el domingo temprano. Agarramos la ruta 3. Hay sol y esperanza. Espero que esta vez sí mi hijo sienta el tirón. Varios kilómetros antes de llegar hay puestos que venden cañas, carnadas y todo lo que haga falta. Paramos en uno en la entrada de Monte. Es una camioneta que en la caja exhibe sus productos. Se baja una mujer. Le pregunto por carnada.

–Hay lombrices, pasta, carnada viva…

–¿Qué es carnada viva?

Me muestra una bolsa de nylon llena de agua y pececitos nadando, mojarritas.

–Mmm no creo que pueda con eso.

–Tenés envasados al vacío también –muestra una plancha de mojarras ordenadas en fila–. Si no las usás todas, las freezás.

Después, mete la mano en una bolsa con tierra y exhibe las lombrices gordas retorciéndose. Llevo lombriz y envasados; manejables para inexpertos.

Seguimos viaje. Cuando llegamos a la laguna la temperatura baja varios grados. Hay un viento que parece venido del invierno, golpea de frente y revuelve el agua. Algo me dice que esto no es bueno para pescar.

La caña para las mojarritas queda a un costado. No dan ganas de estar en la orilla con las olas mojándote las canillas. Armamos la caña grande con muchas dudas. Mi hijo no se acuerda cómo era y yo trato de deducir. Se suman mi prima y su novio. Nadie sabe. Probamos con una que tiene una boya que hace ruidito, con otra de varios anzuelos, finalmente queda una que no tenemos idea para qué es. Pongo la lombriz, a mi hijo le da asco. Ahora no tenemos pescador experto que nos facilite nada, me toca a mí ese rol. Yo soy la que tengo que hacer que las cosas funcionen. Tuve quien lo hiciera para mí. Esas épocas en que la felicidad la hacían los otros, como escuché por ahí.

Pincho la lombriz y la atravieso mientras se sacude. Un recuerdo que guardaba no sé dónde me dice que tengo que vestir el anzuelo con la lombriz como si estuviera poniéndole una media. Finalmente tiramos, esa parte sale bastante bien, y clavamos la caña en la orilla como grandes expertos. Al lado, dos pibes juntan y vuelven a tirar. Espiamos sus líneas para chequear que la nuestra tenga alguna lógica. Todo en orden.

El agua está revuelta. El viento mueve la caña y es difícil saber cuando pica o no. Le digo a mi hijo que la saque de vez en cuando. Nada. Pienso, como para darme ánimos, “a río revuelto ganancia de pescadores”. Un refrán que, descubro, viene de una fábula de Esopo. Cuenta que un pescador atravesaba un río con su red y después agitaba el agua para que los peces, aturdidos, al querer escapar cayeran entre las mallas de la red. Un vecino lo vio y le reprochó lo que hacía y él respondió:

–¡Si no revuelvo el río, tendré que morirme de hambre!

Como todas las fábulas tiene moraleja “Igual sucede con las naciones: entre más discordia siembren los agitadores entre la gente, mayor será el provecho que obtendrán… ¡A río revuelto, ganancia de pescadores!”. Tal vez el dicho aplique para el momento político actual, pero acá estamos para pensar en tarariras y carnadas y para saber si se pesca más con olas que sin.

La caña es la atracción de todos. Nos sentamos cerca, buscando el sol, encapuchados. La miramos. Charlamos, nos distraemos, pero volvemos. Tengo los dedos fríos, las uñas llenas de tierra y pegote. Extrañamente no me molesta.

Por momentos el viento nos da un respiro, parece que empieza a parar. Pero vuelve con fuerza minutos después para recordarnos que no tiene intenciones de hacernos el día más placido, como si fuera la voz de mi viejo diciendo que si no se sufre no tiene sentido. Hay algo del temple del pescador que tiene que hacerse.

Al lado, los pibes sacan un pez. Es un bagre, grandecito, que da coletazos en el aire. Vamos a verlo, como corresponde. Lo dejan colgando un rato del anzuelo sin saber qué hacer.

Cambiamos de carnada, tal vez ese es nuestro problema. Vamos por las mojarritas. Estas son más difíciles de pinchar, están duras, congeladas, y hay que intentar que queden bien agarradas. Las aprieto como un acordeón. Y otra vez el anzuelo al agua.

Las horas pasan. Alguien dice que con la otra carnada picaba más. Comemos asado, sin movernos del sol y relojeando la caña. Pero ya librados a la suerte. Parece muy difícil pescar en estas condiciones, sin saber cuando pica y cuando no, si es el viento, si son las olas las que nos engañan.

–Fijate si no se comieron la carnada –le digo a mi hijo cuando vamos por el helado.

Me desentiendo unos segundos hasta que algo me hace darme vuelta otra vez hacia el agua.

–Trae algo –escucho. Las miradas ansiosas. Hasta que aparece el pez, transparente, como la sonrisa de mi hijo.

–¡Es un pejerrey! –grito, con toda seguridad. Me paro a sacarle una foto. Por algún motivo, que sea un pejerrey parece tener más mérito que si hubiera sacado un bagre.

Ahora hay que decidir qué hacer. Lo aprieto para que abra la boca y largue el anzuelo, aunque está enganchado de un costado, apenas, y después de algunas dudas, lo devolvemos al agua.

En la foto mi hijo mira sonriente, los pelos revueltos al viento, la espuma de las olas golpeando la orilla. En una mano tiene la caña y en otra la tanza de la que cuelga el pejerrey, brillante, con esa raya gris azulada que los atraviesa a todos. No es demasiado grande, pero da mucha felicidad.

Mando la foto a su maestro de pesca.

–¡Se recibió de pescador! -dice.

Cierto.

En la familia recuerdan a mi padre. Que mi hijo se enamore de algo que le gustaba hacer al abuelo al que no conoció me parece hermoso. Así como que haya pasado en esta laguna, en este pueblo en el que nació mi madre.

Volvemos callados, acompañados por una luna llena todo el camino. Una de las cosas por las que me gusta salir de la ciudad es por esas vueltas silenciosas en la ruta en las que podés tomar distancia de la vida embarullada y poner las cosas en perspectiva. O dormirte, cuando los que te llevan son otros. Se lo cuento a mi hijo, que ya está más grande y esta vez no se duerme. ¿Qué estará pensando él? ¿Repasará en su cabeza su primera pesca?

–No me contaste cómo fue pescar –digo.

–No sé, fui a juntar y me tiró.

Se encoje de hombros. Tal vez le hubiera gustado que fuera de otra manera, que hubiera una hazaña que narrar, más forcejeo.

–Siempre hay algo de azar –digo. Que pique un anzuelo y no otro que está al lado es suerte, había dicho mi prima. No todo es sacrificio en la vida del pescador.

–Era bastante grande –dice después. Ahí veo su emoción contenida.

Asiento. Lograr después de varios intentos y transcurrido un tiempo, algo ansiado es emocionante. Más hoy, en que estamos acostumbrados, sobre todo a la edad de mi hijo, a conseguir todo muy rápido, demasiado, por lo menos algunos.

Cuando llego a casa, pongo las lombrices en una maceta. Pronto se zambullen hacia abajo de la tierra y desaparecen de la vista. Después guardo en el freezer las mojarritas. Para la próxima.



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