jueves, octubre 6

La agenda política, la económica, la judicial | Peripecias de la semana posterior al atentado contra Cristina



Transcurrieron ya diez días desde el atentado contra la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Lo peor no pasó… es virtual pero pudo suceder. Da miedo repensarlo, rever las imágenes.

Es innegable lo real, la tentativa de magnicidio que falló.

Las primeras reacciones también son historia. Las manifestaciones masivas en todo el país abrazando a Cristina.

Los regateos sórdidos de la principal oposición para formular repudios, más atentos a los tironeos internos o al “qué dirán” de las bases intransigentes que a dar un ejemplo. O a solidarizarse con quien se dedica a la misma actividad que ellos. Impresiona el distanciamiento emocional. En Pasos Perdidos del Congreso, en tantos programas de radio o tevé y (ay) en demasiadas tertulias de café entre gente común se repara poco en la dimensión humana de la víctima y de sus hijos. Las figuras políticas (aún los líderes) son personas de carne y hueso. CFK viene de atravesar una circunstancia atroz de la que zafó por milagro o algo así. Se salvó del homicidio, su vida cambió igual. El gesto de llamarla, de enviarle un abrazo parecería un piso de cortesía y de humanidad. Acá no funciona así, en mala hora.

Este cronista sigue pensando que el delito corona una escalada de violencia, que echa raíces años atrás y que escaló en los meses recientes. No se produjo de casualidad en ese lugar y horario. “Hace juego”, ecualiza, es secuencia de lo anterior. Puede acontecer que dos hechos sucesivos no tengan correlación, hay quien lo afirma esta vez. Uno sigue creyendo que la escalada incitó ese desenlace y que no tiene por qué ser el último límite. Tal vez se tocó fondo, tal vez no.

El oficialismo denuncia a Juntos por el Cambio (JpC) por haber creado el clima previo y hace centro en los discursos de odio. Hay sobrados motivos, existen legislaciones nacionales e internacionales que lo tipifican y condenan.

El firmante de esta nota piensa que la sola alusión a los discursos de odio tal vez se queda corta por no describir formas de violencia real que se han padecido estos años, cometidas durante la presidencia de Mauricio Macri. Reseñemos un puñado, no exhaustivo. La persecución judicial a los opositores, su encarcelamiento sin condena firme y a veces sin proceso. Los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel que no fueron los primeros desde la restauración democrática pero que incorporaron la macabra novedad de haber sido instigados directamente desde el Gobierno nacional y reivindicados o negados después.

Episodios iniciáticos olvidados como notificar despidos a trabajadores estatales salteándose los requisitos legales (notificaciones escritas, telegramas en especial) trabándoles los molinetes de entrada, humillándolos, sometiéndolos a una privación de derechos y a una suerte de vejamen corporal.

Discursos de odio, pues azuzan, elogian, agravan hechos concretos de violencia o violaciones de derechos básicos.

Por otro lado, la alusión y eventual sanción a los discursos del odio no termina de explicar las variadas reacciones sociales ante el intento de magnicidio. Los apoyos, sin duda numerosos, a la postura de los dirigentes cambiemitas. Las gambetas sobre los repudios reditúan porque hay gente común que las banca o pide más.

Además, es visible que muchos argentinos no se enrolan ni en las manifestaciones de apoyo a la vicepresidenta ni en las diatribas opositoras. Que sigue su vida, que quizá descrea de “los políticos” en general. Que en todo caso no está encuadrada ni concernida por las minorías intensas peronista y cambiemita.

La Patria es el otro (gran consigna o bandera). Es necio desconocer la realidad, resulta más constructivo comprenderla para intentar modificarla. La política se inventó para eso. Una fuerza nacional popular tiene como deber la escucha para ampliar sus bases, para sumar, para acumular fuerzas, para reformar o revolucionar.

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Hechos, pruebas, tribunales: Fernando Sabag Montiel gatilló un revólver apto para disparar. Fue visto in fraganti, apresado de inmediato. La presunción de inocencia queda desbaratada, es autor material de tentativa de homicidio. La Fiscalía tratará de acreditar circunstancias agravantes. Entre otras premeditación, alevosía, delito cometido con concurso de dos o más personas.

La defensa tratará de plantear atenuantes o eximentes. Es la estructura del procedimiento penal.

Las primeras, prematuras hipótesis quedaron desvirtuadas: tanto el negacionismo de algunos periodistas “consagrados” como la del “lobo solitario”. El agresor contó con la ayuda de Brenda Uliarte quien también está detenida. Las pesquisas indican otros casi clavados partícipes o cómplices. En la nota de tapa de ayer los colegas Raúl Kollmann e Irina Hauser revelaron que hay críticas del propio equipo de investigadores por la lentitud para aprehenderlos.

El expediente arrancó horrible, plagado de mala praxis. Se borró el contenido del celular de Sabag Montiel. Fueron “necesarios” dos allanamientos en un monoambiente de escasa superficie.

Las barbaridades no sorprenden, son habituales en grandes y pequeñas causas. La repetición no sirve de excusa ni vale como consuelo. Pero los tribunales son lo que son. Comodoro Py por antonomasia. Sobran en la memoria de especialistas y público casos resonantes con pruebas perdidas, escenas del crimen contaminadas, testigos falsos, peritos inverosímiles… Desde los atentados a la AMIA y a la Embajada de Israel hasta los asesinatos de María Marta García Belsunce o Nora Dalmasso

De nuevo: Sabag  Montiel no preparó el atentado solo. La nómina de cómplices potenciales sigue sumando nombres. La pregunta de cajón sigue en pie: ¿fueron una banda de neonazis más o menos suelta o sicarios pagos por alguien más poderoso, de “más arriba”? De momento, comentan los especialistas (el firmante no lo es) no existen elementos para aseverarlo. Pero la pesquisa arranca, el escenario está abierto. La torpeza del agresor, la precariedad del arma inducen a pensar en un grupo aislado, no profesional. Pero nada es definitivo. El asesinato de José Luis Cabezas fue cometido por “Los Horneros” una banda de lúmpenes comandados por policías y expolicías a su vez conchabados por la custodia del empresario Alfredo Yabrán.

Es menester seguimiento periodístico y parlamentario para que jueces y fiscales superen sus propias marcas, laburen bien alguna vez. No están acostumbrados, en general. En una de esas ni saben actuar conforme a derecho y con eficiencia aunque se encarguen de un crimen de Estado. Habrá que ver.

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Las otras agendas, la gente común: Un intento de magnicidio deja secuelas tremendas pero no abre lugar al duelo. El miedo y la congoja tramitan de otro modo. El presidente Alberto Fernández acertó al decretar feriado para permitir que las movilizaciones se realizaran en un contorno sereno,  posibilitando que los ánimos se templaran. Las muchedumbres respondieron con tranquilidad, civismo, y alegría. El sistema productivo no se resintió por el feriado desmintiendo agorerías berretas.

Las tentativas oficialistas para armar instancias de diálogo chocan la cultura política existente. La misa en Luján es aleccionadora, vale como gesto y signo de pertenencia. A la vez asistió un solo y peculiar dirigente opositor: el ex presidente Eduardo Duhalde.

Acordar con JpC frisa con lo imposible. Bastante ardua es la tarea para que sesione el Congreso Nacional.

Con todas esas mochilas a cuestas y en medio de la conmoción, el oficialismo tiene que gobernar, hacerse cargo de “otras” agendas.

El ministro de Economía Sergio Massa está de gira por los Estados Unidos. Consiguió que los exportadores agropecuarios vendieran soja asegurándoles una cotización favorable del dólar. Cedió, acorralado por la necesidad. La macroeconomía se acomoda, explican en su torno y en la Casa Rosada. El fantasma de la corrida financiera merma sin desaparecer del todo.

El desembarco de Massa reordenó al Gabinete, fortaleció al ministro, diluyó la presencia del presidente.

La vindicta judicial y el atentado contra Cristina comprobaron que ella es la figura política más importante de la Argentina. La odian como a nadie, la quieren como a nadie. El mapa político se reformula aunque subsiste un dato esencial: CFK puede resolver ser candidata a presidenta o señalar a quien podría serlo, sin horizonte de competencia en ninguna de las dos situaciones.

Para ser competitivo en el cuarto oscuro el gobierno debe mejorar su desempeño, debe reconciliarse con votantes de 2019 que no lo acompañaron en 2021, tiene que ser referencia positiva para millones de personas que se desloman a cambio de retribución escasa. Viven al día, la mayoría no llega a fin de mes.

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Necesidades y urgencias: La inflación de julio fue record, la de agosto dolerá. Las recientes elecciones en Chile corroboran una tendencia mundial hosca para los oficialismos cuando se vota. El presidente Gabriel Boric se benefició con ella y la padeció en un lapso cruelmente breve.

Un Gobierno que llegue a las elecciones con una inflación sideral cuenta con pocas chances para revalidarse. La lógica política existe aún en tiempos tan convulsionados como el actual.

El oficialismo demora algunas decisiones que se venían macerando semanas atrás. El aumento general para trabajadores registrados, sea bono o suma fija, entre otros.

Alberto Fernández anunció un acuerdo general de precios y salarios consensuado con la Confederación General del Trabajo (CGT) y la Unión Industrial Argentina (UIA). La medida tenía pinta de ser difícil pero ni siquiera se intentó. Amagar sin concretar, una falla clásica del Gobierno.

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Demostrar las diferencias: La polarización política crece, la derecha se radicaliza más que sus adversarios tal como se escribió acá hace apenas dos semanas.

Las polémicas políticas generan un riesgo advertido en otras latitudes. La percepción ciudadana: “son todos iguales”. No es verdad porque hay proyectos diferenciados en pugna lo que se verificó en este siglo en la Argentina. Pero las polémicas continuas, las sesiones que se frustran o derivan en griteríos ahondan los prejuicios de muchos escépticos o desencantados.

El diputado Javier Milei es un energúmeno, un chanta con ínfulas. Puede que las encuestas lo sobrevaloren. De todos modos consigue audiencia y aceptación cuando enloda a todos por igual con el sambenito de “la casta”.

La apatía, la pérdida de interés en lo público, la desafección hacia el Estado. no dañan por igual a la derecha y al peronismo. La derecha a menudo consigue pescar en ese río revuelto. En la puja electoral doméstica, por dar un ejemplo nimio, puede terminar asociada con Milei o captar sus votantes.

Un gobierno popular precisa dinamizar la participación, reconquistar confianza, mejorar la autoestima de gente común. Uno de los mejores modos es atendiendo a sus necesidades e intereses.

Fácil de enunciar, difícil de concretar. Imprescindible a la vez.

Una bisagra en la historia, un antes y un después… Esta columna insinúa una hipótesis sencilla. El Frente de Todos tiene el deber de mejorar la vida y el humor colectivos antes de las próximas elecciones. Tiene más chances de hacerlo gobernando mediante políticas económico-sociales populares que tipificando delitos, judicializándolos luego. Los dos planos no son excluyentes, desde ya. Se señala cuál es el prioritario hace quince días, ahora y en el año por venir.

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