julio 25, 2024

Díaz Mindurry y esas palabras oscuras que ni siquiera se pueden pronunciar


Telam SE

Por Norman Petrich

Termino de leer un nuevo libro de Liliana Díaz Mindurry y mientras intento recuperar el aliento, vuelvo a preguntarme por qué escritoras consagradas por el público y las grandes editoriales, que suman profusas líneas a una literatura que se la suele llamar como “extraña” o “rara”, que se posicionan en un nuevo estilo de “terror no clásico”, no citen o referencien el trabajo que la bonaerense viene realizando desde hace mucho tiempo.

Porque tranquilamente podríamos considerarla como precursora en nuestro país de esta línea literaria que está llamando tanto la atención en los últimos tiempos; ahí están como pruebas esos universos donde el miedo, la locura, la rabia, el deseo, trazan puentes a mundos que parecen paralelos, pero que no dejan de ser este.

Lo cierto es que sin importarle nada de este discurrir, Díaz Mindurry ataca y lo logra de nuevo. En La mansa brutalidad del mundo, libro publicado por Baltasara Editora a fines de 2022, vuelve a jugar con lo siniestro, con la sombra que refleja (y cuyo reflejo oculta) la realidad.

Morgana Sabino es una reconocida directora de teatro argentina que vive en España y que acaba de recuperarse de una enfermedad complicada, pero está convencida que le ha dejado terribles secuelas, que su presente está acechado por momentos de oscuridad que no logra comprender, “agujeros de gusano” que la transportan a lugares tenebrosos a los cuales no sabe cómo llegó, al mismo tiempo que establece un juego de duplicidades donde se habla, casi como queriendo asegurarse de que lo que está diciendo que pasa, realmente pasa, y no es un mero engaño que ella misma tiende. Mientras “se cuenta” este presente, lo va enlazando con su pasado juvenil, idílico, ese paraíso al que, en el mismo instante, rechaza y le gustaría regresar.

Al igual que en Hace miedo aquí, el libro que le dio un lugar dentro de la literatura argentina, y en Cita en la espesura, otro de sus grandes trabajos, un cuadro juega como bisagra, como pista para el lector. Mientras que en el primero será El jardín de las delicias, de El Bosco, quien nos de la clave para tratar de entender si era virtud o enfermedad, introspección o autismo, invalidez o inteligencia suprema; y en el segundo, un cuadro que replica casi exactamente la sala en la que se exhibe (menos por la persona que la habita) se convertirá en la puerta que arrastre a sus personajes hacia el abismo del homicidio; en este nuevo libro será La caza en el bosque, de Paolo Ucello, quien nos va a “pintar” la atmósfera por donde discurrirá esta historia.

En el cuadro uno puede ver a los cazadores y a sus perros perseguir las presas que corren desesperadas hacia un fondo oscuro. Es esa oscuridad la que atrae a Morgana, de la que intenta escapar sin que en ese acto vea contradicción alguna, mientras un sostenido cruce de palabras por chat con un joven argentino va despertando los recuerdos de juventud, de la época donde el deseo formaba “la santísima trinidad” junto a Darío y Claudina, el tigre y la liebre, y ella era Fata Morgana, la “bruja”.

Pero, ¿por qué esa época juvenil parece tan idílica y por qué este presente oscuro, que la acecha en la calle, se asemeja a un rompecabezas que le faltan piezas? “Las felicidades son siempre culpables en algún sentido, y los olvidos, blancos”, arriesga uno de los personajes.

“No sé a quién hablo: a mí misma, a lo que hay de mí que yo no sé” se dice Morgana, y en ese discurrir entre su presente lleno de imágenes distorsionadas y su pasado idealizado, la perversión y la pérdida de la inocencia se van desnudando de a poco y algo, en algún lugar (¿en el pasado, en este presente?), empieza a oler podrido.

Foto FB
Foto: FB

De la misma manera que en Hace miedo aquí, la presencia de lo ausente es constante, aunque en La mansa brutalidad del mundo no es el miedo la puerta de ingreso, sino su falta. Si en Hace miedo aquí, el protagonista no entiende la infinitud del miedo y de la peste que lo ronda, en este nuevo libro es el peligroso juego oculto en la locura que deja resbalar entre sus dedos la banalidad del mal, como si ese fuera el único lugar donde se puede ser.

Porque Morgana rearma su presente, recupera su pasado, como si todo eso le pasara a otra persona, no a ella. Casi como si pudiera escindirse y verse desde afuera, como si fuera a otra a la que le están sucediendo las cosas, algo que es llevado perfectamente por ese rol que la ubica tanto como voz narradora y personaje.

En un reportaje le preguntaron a Díaz Mindurry cuál fue el primer libro que se compró ella sola. Su respuesta fue El extranjero. No me parece casual, para nada. No en vano la cita de Foucault que da inicio a la novela: “El ciclo de lo prohibido: no te acercarás, no tocarás, no consumirás, no experimentarás placer, no aparecerás; en definitiva, no existirás, salvo en la sombra y el secreto”.

“Creo que lo que más influyó en mi manera de escribir fue un sueño que tuve de chica. Soñé que yo me acercaba a una persona, y la persona tomaba la consistencia de cortina, se volvía irreal. Hablaba con otra persona y lo mismo. Tendría ocho o nueve años. Yo estaba absolutamente asustada, me preguntaba ¿entonces no hay persona? Lo primero que hacía, en el sueño, era ir a mi casa a buscar a mi papá, porque mi viejo tenía que existir. Mi mamá estaba de viaje en esa época. Mi papá estaba durmiendo y yo me acercaba y le preguntaba ¿Papá, vos existís?, y él me respondía ‘Si, claro’, pero de repente veía que se transformaba, él también, en cortina. Ahí me despertaba y lo iba a buscar a mi papá y le preguntaba. Y él me decía; ‘lo descubriste a Berkeley’. Y me pareció tan fascinante esa posibilidad de lo irreal, que yo creo que eso marca todo lo que escribo”, supo confesar en ese reportaje.

Liliana Díaz Mindurry obtuvo el Primer Premio Municipal de Buenos Aires en cuentos editados Bienio 90-91, también el primer Premio Municipal de Córdoba, el Premio del Fondo Nacional de las Artes 1993, así como el del Centro Cultural de México en cuento, en 1993 y de El Espectador de Bogotá en cuento, en 1994. Obtuvo, además, el Premio Planeta 1998. Tiene 28 libros publicados (novelas, relatos, poemarios, ensayos), cinco en España. Su obra fue traducida al alemán, inglés, francés y portugués.

“La literatura tipo Aira no me interesa en lo más mínimo, tampoco me interesa una literatura minimalista, de hechos cotidianos; no es que no me guste, sino que no lo haría. Creo que siempre trabajaría en esta cuestión de la locura, del límite, de la violencia mental, incluso en mi poesía, que no es una poesía amable”, quizás estas palabras de Liliana expliquen un poco esa extrañeza de la que hablaba al principio.

“Volver a la intensidad de esas palabras tan oscuras que ni siquiera pueden pronunciarse”, dice la escritora nacida en Buenos Aires en su muro de Facebook. Y eso es lo que hace Morgana, lo que padece. Es una vuelta a algo que no puede decirse del todo y no sabe bien por qué. Como si fuera poco, con la dictadura como telón de fondo, como ese bosque donde la presa intenta protegerse, pero que también puede resultar la propia perdición. Fiel a su estilo, Liliana lleva los límites hasta casi romperlos.

Como decía antes, el cuadro de Ucello es un mapa que nos muestra a una Fata Morgana entrando a toda velocidad en la oscuridad del fondo del cuadro. Lo que no sabemos, lo que tendremos que averiguar, es si ella es presa o cazadora ¿O es ambas, e inclusive la oscuridad? Con Díaz Mindurry, todo es posible.





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