mayo 21, 2024

El balotaje en Argentina y el cambio del orden global



El clamor por el cambio es habitual en los discursos de Juntos por el Cambio y La Libertad Avanza. El cambio doméstico que claman va a contrapelo del irreversible e imparable cambio en el orden mundial: el conservadurismo unipolar defendiendo los privilegios conseguidos durante 500 años de expansión occidental, esforzándose por contener la creatividad e inventiva multipolar. En contraste, el proyecto de la Unión por la Patria marcha al son de los cambios del reformismo multipolar: un gobierno de coparticipación no es ya un gobierno de una ideología sino de una pragmática que altera la ideologización de la grieta que surgió de los gobiernos anteriores y de la promoción del odio que difunde la derecha.

La situación local en Argentina no está ni puede estar aislada, se insista en ello o no, de las dos macro-narrativas que están en pugna en el mundo. Cada una de ellas tiene su bagaje, puesto que no surgen de la nada, ad ovo. Entre las dos macro-narrativas hay una enorme variedad de zonas grises y verdes de creatividad y de soberanía. Y también zonas de adherencia a una u otra macro-narrativa. No se trata de dos narrativas que cubren la totalidad. Por el contrario, dejan flotando enormes zonas. Es decir, el orden mundial es de hecho hoy un desorden mundial, y hay razones para que así sea. Depende de los gobiernos del Sur y del Este tomar decisiones con respecto a las narrativas en pugna. ¿Cuáles son estas dos macro-narrativas?

En el marco de una de ellas, los periódicos informan que Joe Biden advierte que estamos en un punto de inflexión histórica. El discurso en que Biden así lo dice fue motivado por los ataques puntuales de Hamas, el 7 de octubre, respondiendo a 75 años de dominación israelí.

Se espera que al mencionar el 7 de octubre es preciso condenar a Hamas. Si bien eso es necesario, también es preciso condenar el colonialismo del Estado sionista. Así lo hizo, sensatamente, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres. No tardó en recibir críticas acérrimas del Estado de Israel y el pedido de que renunciara.

La verdad sin paréntesis es uno de los pilares, quizás el principal, de las macro-narrativas que defienden la unipolaridad desafiada por las manifestaciones crecientes de la multipolaridad. No se trata de ciegamente tomar partido sin entender por qué ocurre lo que está ocurriendo.

En realidad, la cuestión es que Biden reconoce más que advierte. «Advierte» es un vocablo ambiguo en este contexto. Puede significar que «reconoce» pero también «que nos advierte» que estamos en un punto de inflexión. Sin embargo, también lo reconocen en Palestina y en el área islámica del Oriente Medio, pero el sentido del punto histórico de inflexión cambia. En el primer caso es la apuesta por la victoria del orden unipolar, mientras que en el segundo es la marcha imparable del orden multipolar. En la perspectiva decolonial, el punto histórico de inflexión es un momento decisivo en la pugna por mantener, de un lado, el orden unipolar (macro narrativa 1) y, por el otro, la construcción del orden multipolar (macro narrativa 2). Entre ambos relatos quedan las zonas grises de la indeterminación.

El punto de inflexión que Biden reconoce tiene ya una plataforma. Es el macro-relato de la unipolaridad en una versión remozada: es el relato del rules based order (el orden mundial basado en reglas). No se trata sólo de un mito, como sus críticos aseveran, sino que tiene tres corolarios básicos. El primero es que el orden mundial basado en reglas debe estar basado en las reglas que propone Estados Unidos.

El segundo corolario es que la propuesta anula o desconoce la Carta de las Naciones Unidas en la cual se estipulan los principios del orden mundial, que defienden China y Rusia. En la resolución de las Naciones Unidas con respecto a Ucrania, firmada en marzo del 2022, se lee que «la declaración afirma que ‘Rusia y China como potencias mundiales y miembros permanentes del Consejo de Seguridad, tienen la intención de adherirse firmemente a principios morales y aceptar su responsabilidad, abogan firmemente por el sistema internacional en el que las Naciones Unidas desempeña un papel esencial’ y ‘defienden un orden mundial basado en el derecho internacional'».

El tercer corolario es que el orden mundial basado en las reglas que propone el gobierno de Estados Unidos en boca de Biden es un orden de suma cero. Es el orden basado en lo político según Carl Schmitt, es decir, en la permanente confrontación entre amigos vs. enemigos. El problema hoy es que los «enemigos» se multiplican: Rusia en Ucrania, Palestina en Israel, los golpes militares en las excolonias francesas en África, China que defiende el orden en el Mar de China y la pertenencia de Taiwán al «main land» (la territorialidad estatal china). Todo ello, en el orden inter-estatal, acompañado por todo tipo de organizaciones y manifestaciones de la sociedad política en la esfera pública a las cuales los Estados responden con narrativas que les imponen adjetivos (terroristas, comunistas, LGBTQ asemejados a las personas con incapacidad) a quienes defienden sus derechos y sus opiniones que no coinciden con las reglas unilaterales del orden global.

El «nuevo» orden mundial unipolar propuesto por el gobierno de Estados Unidos y enunciado por Biden remite al orden mundial celebrado por George Bush padre celebrando la victoria frente a Sadam Hussein en Kuwait (1993). Aunque también Bush utilizaba el modificador «nuevo», su contexto era diferente: era el sueño neoliberal del fin de la historia. Hoy el fin de la historia que suponía el triunfo del neoliberalismo hasta el juicio final cayó en bancarrota. De modo que para Biden «nuevo» significa levantar el fallecido orden mundial de Bush y darle una nueva vida liderada por el propio Biden.

Sea como sea, las diferencias entre las dos macro-narrativas son gigantescas, aunque poca atención se les presta, sobre todo en el Atlántico Norte y sus áreas de influencia, puesto que el periodismo canónico en lenguas europeas destaca la primera, tanto para promoverla como para cuestionarla, e ignora o silencia la segunda. 

Los Estados nacionales, sin excepción, tienen dos caras interconectadas. Una doméstica y la otra internacional. En realidad, el derecho y las relaciones internacionales siempre intersectan lo local (doméstico) con lo internacional (global o mundial).

La Asamblea General de la ONU aprobó el viernes 27 de octubre, por amplia mayoría, una resolución que pide una tregua de tres días para socorrer a la desventurada población civil de la Franja de Gaza. Página/12 informó que el dictamen obtuvo 120 votos a favor, 14 en contra y 45 abstenciones. Fue rechazado por EE.UU., Israel y otros países aliados como Paraguay, Guatemala y algunos Estados del Pacífico, pero obtuvo la aprobación del mundo árabe, Rusia y China (más 115 Estados). La Unión Europea se mostró muy dividida: Francia y España votaron a favor; Hungría y Austria en contra, mientras que Italia, Países Bajos, Rumanía y Polonia se abstuvieron al igual que Reino Unido, país que había mostrado coincidencia casi total con la postura norteamericana respecto al estallido de la guerra. Aunque la resolución es no-vinculante, su espíritu evidencia la pérdida de legitimidad del pretendido «orden mundial basado en reglas». ¿Qué reglas? En este caso, las de Estados Unidos e Israel.

El gobierno de China publicó el Libro Blanco titulado Una comunidad global de futuro compartido: propuestas y acciones de China. En esa propuesta ya no hay cabida para un orden mundial basado en reglas para mantener la unipolaridad, lo cual significa someter y no construir. Pero sí tiene cabida la Carta de las Naciones Unidas para regular el orden internacional. Entendamos la propuesta: no es una propuesta en la que China asume el rol de Estado imprescindible para construir la comunidad global de futuro compartido y así reemplazar a Estados Unidos, que reclama ese derecho garantizado por su propio orden mundial basado en sus propias reglas. No, la comunidad global de futuro compartido es de futuro compartido y no de futuro dirigido.

Recordemos que la memoria y las subjetividades chinas no están formadas por la cosmología occidental del tercero excluido y del autoritarianismo teológico cristiano para castigar a quienes no obedecen. De ahí el binarismo occidental excluyente y la cosmología de la suma cero. Están formadas por su cosmología, Tianxia, todo bajo el cielo, donde todo está relacionado con todo y se complementa. El yin-yang es la negación del tercero excluido: no puede existir A si no existe B. En la cosmología africana lo mismo se expresa en la palabra Ubuntu: yo soy porque tu eres. En las cosmologías andinas lo mismo se expresa en la dualidad complementaria: no se trata de optar por A o por B puesto que A no existe sin B. Cuando Gutierres, secretario general de las Naciones Unidas, en un rapto de sinceridad reconoce que Hamas existe porque existe Israel, fue de facto atacado por Israel por no admitir que la verdad está en Israel.

Todo esto viene a cuento para contextualizar lo que está en juego las elecciones del 19 de noviembre. La derecha libertaria, con el apoyo del ala de JxC liderada por Patricia Bullrich y Mauricio Macri, propone de facto un régimen asociado al orden nacional y mundial basado en reglas. Javier Milei mencionó varias veces su intención de trabajar con Estados Unidos y con Israel y de separarse de Estados «autoritarios» como China y Rusia. En estas fórmulas y formulaciones, lo que la ultraderecha defiende es el agotamiento de universales abstractos a los que ya se le cayeron las máscaras.

Por otro lado, Sergio Massa propone un gobierno de unidad nacional y de asociación con la multipolaridad. Lo beneficia la pertenencia de Argentina a los BRICS+ y de compartir destinos con Lula da Silva, presidente de Brasil y co-fundador de los BRICS. De hecho, un gobierno de Massa (también por sus recientes viajes y relaciones con Beijing) llevaría adelante un proyecto nacional de futuro compartido paralelo con la propuesta China de construir la comunidad global de futuro compartido.

La prensa occidental frecuentemente menciona que a Occidente le preocupa que Rusia quiera o intente «imponer» un nuevo orden mundial. La preocupación no es infundada. El 4 de febrero del 2022, veinte días antes de que Rusia iniciara la operación especial en Ucrania (que para nada intentaba o intenta «apropiarse» de Ucrania sino detener las amenazas de la OTAN), los mandatarios de China, Xi Jinping, y Rusia, Vladimir Putin, firmaron un acuerdo entre la República Popular de China y la Federación Rusa sobre «las relaciones internacionales entrando en una nueva era de desarrollo global sostenible». Es un acuerdo clave que continúa y se renueva hasta hoy sin alterar los principios básicos que lo sustentan, encuentra en el Libro Blanco su más clara formulación político-filosófica: construir la comunidad global de futuro compartido. De modo que si la preocupación del Atlántico Norte de sentir una amenaza tiene sus fundamentos, no lo es porque el orden unipolar sea «atacado», sino porque ha perdido la creatividad que ahora se despliega en la marcha irresistible hacia la multipolaridad. ¿Hay algo incorrecto en la desobediencia a un orden mundial basado en (unas) reglas que propone construir la comunidad de futuro compartido?

Notemos, dado el vocabulario común en el periodismo occidental, en los discursos estatales y en la esfera pública, que el gobierno autoritario de China propone un cambio radical: construir la comunidad global de futuro compartido, mientras el gobierno democrático de Estados Unidos, secundado por la Unión Europea y por Israel, propone destruir a quienes no obedecen el orden basado en reglas para mantener la unipolaridad y sus privilegios. Lo que está en juego en las elecciones del 19 de noviembre es, nada más y nada menos, el posicionamiento de Argentina en el turbulento desorden inter-estatal en curso, con todos sus efectos y consecuencias en la vida cotidiana.



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