mayo 22, 2024

Contra la barbarie, por la universidad pública



No. No se trata solamente de una pelea por el presupuesto. Es una relevante batalla parcial que forma parte -y ojalá que resulte ejemplificadora si se convierte en un productivo proceso generador de espacios deliberativos- de la lucha global contra la barbarie. Contra lo que en el presente se ha transformado en cultura predominante, la cultura del capital financiero. No hay en esta visión del mundo, un ciudadano como lo piensa la tradición liberal republicana, que es un ciudadano que se realiza si se realiza la ciudad. Lo que se reivindica es el individuo pragmático que se mueve con dos categorías básicas en su darwiniana la lucha por la vida: ganadores y perdedores. En esa lucha no solo que no valen, sino que se desprecian, el debate argumentativo, la reflexividad, la vitalidad habilitadora de imaginación; y, por el contrario, en las intervenciones en el espacio público se esgrime un economicismo vulgar sostenido en una estética de talk sow televisivo. Un progresismo reaccionario amparado en una teoría desocializada y deshistorizada que solo forma en destrezas y habilidades técnicas, relegando entonces a un papel absolutamente secundario los aspectos referidos a la responsabilidad en relación a la historia del conocimiento y al papel público del profesional.

Ese es el capital de conocimiento de los ganadores, aquellos que despliegan una estrategia egoísta en procura de la maximización del lucro individual. Los que logran las posiciones más altas en una sociedad ideal construida sobre cimientos de seres humanos aplastados y una base subordinada y anómica, inhablitada de participar por estar sumida en violencia interna que cuando desborda su territorio es reprimida por una zona activa del estado: las fuerzas de seguridad. Ese modelo se puede autosustentar, como sostiene Martha Nussbaum que ocurre en algunos estados de la India, con bases analfabetas y elites presas de una “codicia obtusa y de docilidad capacitada”

Para ello el programa político de esta perspectiva requiere la eliminación de los obstáculos administrativos institucionales y políticos que impidan el trazado de ese camino concebido como único, como verdadero, hacia esa cercana sociedad ideal. Uno de esos obstáculos centrales es el conjunto de instituciones de la educación pública y la universidad pública en particular. Y no porque en la universidad pública que es plural y fuertemente heterogénea no exista la presencia de esta mirada predominante. Existe en cátedras concretas, que no son pocas. Pero, sobre todo, en formas organizativas de lo académico y científico producto de las transformaciones internacionales del mundo académico y científico, que, de hecho, promoviendo un carrerismo individualista, inhiben la posibilidad del diálogo comunitario e interdisciplinario y la relación vital con la propia sociedad. Pero claro, ocurre, que este espacio plural, en el que existe una práctica ciudadana en el gobierno universitario con participación de los distintos claustros y una institución fundamental de la herencia reformista como la libertad de cátedra, genera un extraordinario espacio potencial de debate que irrita a este autoritarismo vulgar. Autoritarismo vulgar que, en verdad, está recorriendo el mundo como un tenebroso fantasma portando las banderas de la barbarie.

En Estados Unidos la filósofa Martha Nussbaum, alarmada por el relegamiento y a veces la directa subestimación del pensamiento reflexivo y la cultura universal en favor de la absoluta preminencia de conocimientos técnicos que otorguen rentabilidad en el mercado por parte de elites con poder político y autoridades de prestigiosas instituciones universitarias, publica en el año 2010 un libro manifiesto. El libro se titula.” Sin fines de lucro. Porqué la democracia necesita de las humanidades”. Allí se relatan ejemplos concretos que muestran como las nuevas elites del capital financiero desprecian las artes y las humanidades. Su apuesta es reivindicar el imprescindible valor de estas para la existencia y la profundización de las democracias. En el año 2013 el filósofo italiano especialista en Giordano Bruno, Nuccio Ordine publica otro libro manifiesto con la misma preocupación y lo llamará “La utilidad de lo inútil”. Blandiendo un apasionado enojo ante el abandono de las letras clásicas en los programas de escuela media de la Comunidad Europea, emprende un recorrido dando clases en escuelas medias de Italia, Francia y España sobre el Dante, sobre El quijote y otros textos clásicos desde una perspectiva vital que en el fondo supone preguntarse cómo queremos formar a las nuevas generaciones, qué sociedad esperamos construir. Con el mismo espíritu Nussbaum dirá que la “ educación orientada principalmente a la obtención de renta en el mercado global… pone en riesgo la vida misma de la democracia, además de impedir la creación de una cultura mundial digna”. En el año 2003 en una entrevista publicada en el diario La Nación el científico argentino Rolando García, el apaleado rector de Ciencias exactas de la noche de los bastones largos sostenía, como era su costumbre sin ambigüedades, “quien rige hoy lo que se hace en ciencia no es la UNESCO, como debería ser, sino el Banco Mundial”. Y se preguntaba qué conocimiento apoya el Banco Mundial, para responder: “el que va dirigido a la empresa, al mercado”.

Por todo esto, la lucha de la universidad pública no se trata solo de un reclamo legítimo e imprescindible por el presupuesto y por mucho más presupuesto, sino que es una lucha político-cultural. Una lucha que debe implicar a distintos sectores de la sociedad portadores de sensibilidad democrática que valoren los espacios donde es posible trabajar con la imaginación creativa, con el pensamiento reflexivo, desde las distintas profesiones, desde las artes y las ciencias, como condición potencial de construir sociedades que piensen en la inclusión del género humano. No es momento de diferencias políticas que ante esta situación se tornan claramente secundarias. Como en la lucha antifacista, el horror ante acciones que eran percibidas como atentados al género humano, la universidad en su conjunto y la sociedad que la sostiene y que se beneficia con sus conocimientos, debe ponerse de pie frente a esta nueva forma que asume la barbarie.

No estamos de cuerdo con la vulgarización del conocimiento reducido a pura técnica, no queremos ciudadanos que en el mejor de los casos sean técnicos dóciles a los deseos del poder. No queremos formar profesionales que legitimen una sociedad- como es posible atisbar en las medidas del presente- productora de poblaciones a las que se considera desechables, como los discapacitados, los enfermos terminales, simplemente los enfermos pobres, los viejos, y todos aquellos que por diferentes motivos provocados por políticas excluyentes quedan fuera del mapa integrado. Sabemos que para esta perspectiva con peso cultural mundial, la forma más elemental de las democracias republicanas con sus conquistas inclusivas de posguerra se convierten en un obstáculo y se consideran una mera escenografía de cartón, a burlar o a derribar cuando sea pertinente. Von Hayek un referente fuerte de esta perspectiva elogió a la dictadura de Pinochet como una verdadera democracia en tanto habilitaba la libertad de mercado.

Quienes estamos en la universidad pública en Argentina tenemos la oportunidad de reconocernos y resignificar productivamente un extraordinario capital que existe desde la fundación de la república moderna hasta el presente. Somos herederos de la Ley 1420 de 1884 que estableció la educación primaria común, laica, gratuita y obligatoria; los somos también de un hecho fundamental en las historia de las luchas contra los oscurantismos retrógrados que surgió de la universidad de córdoba y repercutió con fuerza política y cultural en toda américa latina, la llamada reforma del 18; están en nuestra memoria las luchas estudiantiles de la larga década del sesenta y las imaginativas y breves experiencias universitarias de 1973-74; sabemos del enorme valor resistente que tuvo la Carpa blanca frente al avance arrollador del neoconservadorismo. Por eso estamos dispuestos a dar una lucha que irremediablemente para ser efectiva debe ser vitalizadora del demos universitario. Profesores, trabajadores no docentes, graduados, estudiantes, tenemos esta historia. Si con ella, que es un potente pertrecho, no podemos pararnos con fuerza frente a lo que es una ola de barbarie, para qué estamos.

* Lucas Rubinich es profesor de la carrera de Sociología e investigador Instituto de Investigaciones Gino Germani (UBA). Autor de Contra el homo resignatus (Siglo XXI, 2022).



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