abril 25, 2024

Los medios, el manual y el rebaño de cerdos


Foto archivo Cris Sille
Foto archivo: Cris Sille.

Hace ochenta años el flamante canciller alemán Adolfo Hitler, designó como ministro de propaganda y educación a un ambicioso joven de 36 años, Joseph Goebbels… Ambicioso e inescrupuloso, con un único objetivo: arrebatar el poder. El futuro führer había comprendido mucho antes que en el cojo y desgarbado propagandista tenía una llave maestra.

Desde 1927 Goebbels había encabezado la maquinaria propagandista nazi, convirtiéndose en el editor de “Ataque”, la revista que convocaba a castigar al gobierno delincuente e incapaz, a corruptos, políticos, sindicalistas, la iglesia y, en primer lugar, judíos, eslavos y representantes de otras etnias primitivas…

Su consigna principal suena hoy como una profética advertencia: “Denme un medio de información masiva y yo, de cualquier pueblo, haré un rebaño de cerdos”.

Goebbels, junto con su líder, aprendió y aplicó a ultranza las técnicas de manipulación de las grandes masas populares alemanas, hartas del fracaso y las malversaciones de los diversos gobiernos liberales, populistas o socialdemócratas, descreídas de las grandes frases de los políticos de turno y desilusionadas con las incumplidas promesas de salvación económica.

Los dos ideólogos fundadores del nazismo (recordemos que lo que ellos fundaron se llamó partido obrero nacionalsocialista alemán) convirtieron la propaganda política en un medio de convencimiento popular de una única verdad: la lucha por su propia existencia pasaba por la eliminación de todo lo que se considerase dañino, obsoleto, enemigo.

El aparato propagandístico nazi se convirtió en una formidable arma que, en manos de expertos, transformó las luchas reivindicativas de las masas populares en acciones vindicativas contra los que esa misma propaganda convirtió en enemigos. Los “chivos expiatorios” fueron los líderes sindicales, los políticos democráticos, las organizaciones sociales.

Las acciones de masas se convirtieron en violentos actos discriminatorios, profundamente reaccionarios, lejos de los grandes ideales humanistas y éticos que siempre caracterizaron los movimientos populares alemanes.

La concepción nazi de la propaganda dejó de lado las banderas de la solidaridad y la justicia social, para enarbolar, con la mayor precisión posible, la justificación conceptual de aquellos actos de barbarie. Los ideólogos del nazismo dirigieron la comunicación política hacia los mayoritarios sectores desclasados, desarraigados, informales, de la sociedad alemana. El centro de la acción se constituyó en estos sectores, donde su capacidad de percepción política los convirtió en presa fácil para los ideólogos nazis.

La base de la acción propagandística, severamente controlada por Goebbels, se concentraba principalmente en influir más en los sentimientos de los desclasados y los marginales, que en su propia mentalidad. “La masa -decía Goebbels- es de naturaleza esencialmente femenina, por lo que los sentimientos son más inteligibles que los pensamientos”.

Pese a que en la década del 30 el cine y la radio eran los únicos medios de entretenimiento, la doctrina comunicacional nazi advertía que “la propaganda no debe entretener, sino ser un medio para lograr un objetivo político. Por lo tanto, el entretenimiento es el enemigo mortal de su éxito”.

Por eso, “la propaganda no puede ser objetiva. Debe ser fundamentalmente subjetiva y unilateral” y “limitarse al mínimo y repetirse constantemente. La perseverancia es un requisito previo importante para su éxito”.

Goebbels, convertido prácticamente en el ideólogo del nazismo, mediante una combinación de retórica demagógica, hábil puesta en escena de eventos públicos y el uso efectivo de los medios de difusión de que disponía, logró adoctrinar a grandes sectores del pueblo alemán con las reaccionarias ideas del nacionalsocialismo. Pero, además, logró que considerara necesaria, natural y conveniente (“patriótica”) la salvaje represión contra quienes pretendieron resistirse.

Es interesante dejar constancia, para un ulterior análisis, la hábil utilización de los gestos que tanto Hitler como Goebbels adoptaron para su forma de comunicación directa con las masas. En especial, esto se fue consolidando con sus apariciones e intervenciones en los grandes actos organizados por el nazismo.

Se suponía que la postura en jarras (las manos a los costados, apoyadas en las caderas) inspiraría a los presentes un estatus de poderío y se constituiría en señal de superioridad.

Lo mismo ocurrió con el brazo firme y la mano extendida, como un gesto que resaltaba una expresión de dominio, pero también de amenaza o advertencia.

La utilización virtuosa nazi de la propaganda, cuando las redes sociales no existían y las transmisiones online eran una fantasía de científicos irreales, reconocía algunos principios básicos de aplicación:

➤ El principio de las verdades a medias. Cualquier mensaje falso debe contener un elemento de verdad conocida. Esto hace que sea más fácil creer en cualquier disparate o aceptar cualquier sensacionalismo como cosa juzgada. El shock y la mentira son los dos pilares sobre los que se sustenta la propaganda perfecta. Si a la gente se la conduce gradualmente a un pensamiento determinado, sin prisas, no se obtendrá el resultado deseado. Si mientes en pequeñas cosas también. Por lo tanto, la información debe ser impactante, porque sólo mensajes impactantes se convierten en tendencias y se transmiten de boca en boca. La información “adecuada” pasa desapercibida.

➤ El principio de máxima desfachatez. Mantener una imperturbable línea de falsedades y confirmar su realidad. “Cuanto más monstruosa es la mentira -decía Goebbels-, más dispuestos están a creerla”. Sin diferenciación: la propaganda no debe permitir dudas, vacilaciones o consideración de diversas opciones y posibilidades. Las personas no deberían tener elección, porque ya está hecha para ellos, y sólo deberían comprender y luego aceptar la información para luego percibir las ideas impuestas como propias.

➤ El principio de la simplicidad. Cuanto más primitivo es el mensaje, más fácil es impulsar a las masas a obrar en función de su contenido. Convencidas de su veracidad. La extrema simplicidad en cualquier mensaje es necesaria para que incluso el individuo más retrasado pueda comprender lo que ha oído o leído. Si un desclasado marginal puede manejar esa información, entonces un ser social “formal”, con salario y condiciones de vida establecidas, la asimilará mejor aún. Cuanto más gente acepte algo en virtud de la simplicidad de su formulación, más fácil será “acomodar” al resto: incluso la minoría más avanzada y preclara se verá condicionada y obligada a seguir a la mayoría. Las consignas deben influir principalmente en los sentimientos y sólo en menor medida apelar al cerebro. ¿Recordar? La propaganda no es ciencia. Pero ayuda a sacar a relucir las emociones de una multitud y a tensar su estado de ánimo. La razón aquí no sirve de nada.

➤ El principio de claridad. “Estamos obligados a hablar en un idioma comprensible” para las masas. Goebbels subrayaba que debían se diferentes idiomas: uno para la capital, otro para la provincia, uno para los trabajadores, otro para los empleados, otro para los empresarios. Pero también insistía en que esos mensajes claros, concisos y nítidos fueran de una gran monotonía. “Podemos y debemos propagar nuestro lema desde diversos ángulos -admitía y advertía- pero el resultado debe ser el mismo y el lema debe repetirse invariablemente al final de cada discurso, de cada artículo”.

➤ El principio de repetición. El ideólogo afirmaba la obligación de “repetir interminable e incansablemente la charla propagandística. Es difícil no sucumbir a su magia si un número cada vez mayor de personas a tu alrededor creen en ella”.  Debe haber mucha propaganda. Las consignas y lemas básicos tienen que ser repetidas con mucha asiduidad. Es necesario lanzarlas continuamente, día y noche, en todos lados y al mismo tiempo. Para el nazismo no existe “demasiada propaganda”. Las personas son capaces de asimilar información si se la repiten miles de veces.

Goebbels dejó un verdadero “manual” de atrocidades comunicacionales. Delitos y felonías en esa materia, especialmente programados para causar estragos en la conciencia social de la multitud. Como lo muestra la historia mundial y la nuestra propia, ese “manual” no muere, sino que se actualiza constantemente con la incorporación de los nuevos medios de comunicación.

La percepción crítica de la manipulación mediática es la forma en que es posible liberarse de esta perversa maraña y eliminar peligrosos prejuicios de convivencia. En la medida en que los gobiernos y las organizaciones populares, democráticas y nacionales instrumenten esa tarea de soberanía, se habrá superado otro punto crítico en la lucha por consolidar un desarrollo independiente, soberano y justo en nuestra Patria.

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